Factor Bachelet

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Una de las paradojas que se puede constatar en el actual momento político del país, radica en el hecho de que mientras la figura presidencial alcanza una amplia aceptación, los partidos políticos, incluidos aquellos que la apoyan, siguen devaluándose ante la opinión de los chilenos. Las cifras muestran, en efecto,  una clara simpatía a la figura de la presidenta Michelle Bachelet, en tanto que todos los partidos políticos aparecen a la baja. Explicar este fenómeno no es una tarea fácil, pues parecen concurrir una multiplicidad de factores y circunstancias.

Digamos de entrada que la figura presidencial en un régimen marcadamente presidencialista constituye un espacio propio. El poder Ejecutivo aparece revestido de un “aura” que se personifica, en primer lugar,  en el liderazgo presidencial y, de manera más débil en algunos de sus ministros. Esto se traduce, desde luego, en los medios de comunicación. Por ello, esta tendencia se ha acentuado en los últimos años por una actuación mesurada de la actual mandataria, que ha sabido mantenerse alejada de los escándalos que sacuden a los partidos que la rodean.

Por otro lado, la presidente Bachelet ha sabido revertir aquellos prejuicios que nimbaban su imagen al llegar a la Moneda. Cuando se afirmaba con sorna que “no daba el ancho”, supo trabajar sin aspavientos y de manera sistemática, tanto a nivel nacional como internacional, ganándose en buena ley un prestigio de seriedad no exento de simpatía. En su peor momento, en medio de la crisis del transporte público, supo mantener una actitud en que conjugó la franqueza para admitir errores, con la búsqueda de soluciones. Digamos además, que tales virtudes no han sido fáciles de aceptar en un país orgulloso de su cultura “machista”.

En contraste con los aciertos de la señora presidenta, los partidos políticos se han visto envueltos en una serie de escándalos de tono mayor. La imagen de los “políticos” se ha devaluado con rapidez, en cuanto han demostrado ineptitud frente a la cosa pública, desorganización partidaria y, para decirlo de manera elegante, una creciente debilidad moral. El resultado de tantos desaciertos está a la vista, un número importante de legisladores no sólo ha renunciado a sus tiendas políticas sino que lo hacen en un clima de denuncias y acusaciones.

El poder Ejecutivo se distingue del poder Legislativo, precisamente, en que las realizaciones las capitaliza el gobierno de turno, mientras que las largas deliberaciones corren por cuenta de los congresistas. De este modo, los medios enaltecen la figura presidencial y opacan la tarea de los legisladores, sumidos en eternas y turbias negociaciones. La dramaturgia mediática se organiza sobre el protagonismo presidencial en desmedro de los partidos políticos. Nuestra cultura individualista exacerba la personalización de la política en detrimento de imágenes colectivas.

La fortaleza de la presidente Bachelet posee una doble lectura. En  su aspecto positivo significa que la figura presidencial o de un aspirante goza de una relativa autonomía respecto de los partidos a los que representa. La personalización de la política se encarna en la figura de un presidente o un candidato, más que en la “marca”. En su aspecto negativo, significa que la aceptación de una figura presidencial o un candidato al cargo no se proyecta, necesariamente, a los partidos que representa. La simpatía y aceptación personalizada no son endosables Las consecuencias políticas, inmediatas, pueden traducirse como una divergencia entre las elecciones presidenciales y aquellas legislativas, con un aumento significativo del llamado “voto cruzado”.

Finalmente, los altos índices con que la presidente Bachelet finaliza su mandato dan cuenta de la consolidación de un nuevo clima cultural en el seno de la sociedad chilena. Nos alejamos socialmente del tradicional vector de la convicción para ingresar a aquel de la seducción, propio de una sociedad de consumidores. En un clima tal, la política se transforma a pasos agigantados en “videopolítica”,  y las campañas toman la forma de Campañas Podcast. En pocas palabras: política y mercado comparten una misma lógica y un mismo fundamento: Entertainment, imagen, seducción.

Por Álvaro Cuadra, académico e investigador de ELAP, Universidad ARCIS

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